Ayer empezó la Maratón Abasto, confieso que fui preparada
para ir de una sala teatral a otra pensando que solamente en los espacios cerrados
iba a suceder la magia, pero para mi sorpresa el FIBA tiene mucho más que
salas.
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| Ph: Fernanda Blanco |
La calle Zelaya fue la primera que visité, unos minutos
antes de las 19hs caminé con unos niños que se divertían tratando de saltar y con
una ramita tocar los inflables en forma de “donas” que están colgados en medio
de la calle. Mucha gente joven (en la que me incluyo como millenial) caminando
por la calle, jugando con los metegoles, esperando para ver la película que se
proyectaba en el escenario a mitad de calle, gente joven por doquier. De
repente me vi en un grupo de chicas que caminaba hacia el teatro ciego
especulando con el horario y sus reservas. Sucede que si reservas entradas a
través de la página del FIBA o por Alternativa Teatral 20 minutos antes de la
función tu reserva se cae y las liberan para los que no reservaron. Fui con
ellas hasta el teatro ciego escuchando sus conversaciones. “Este es el teatro
que está todo oscuro, el que me dijo Coqui”, “Si, el de Instagram. También vi
que está Micro Teatro en la otra calle” (hablando de Guarda Vieja). Fui con
ellas hasta el teatro. El palier estaba que explotaba de gente, un caballero
con la remera de “Teatro Ciego” me preguntó si tenía entrada y que si no podía
hacer la fila porque aún había lugar. Llené un papel con mis datos (lo cual repetiría
cada vez que entrara a un espectáculo sin haber tenido una reserva previa) y
disfrute de un Viaje a Ciegas. Más allá de lo hermoso de una propuesta
sensorial diferente que propone este tipo de teatro amé los comentarios de las
chicas que me rodeaban. Pase de oír “esto es muy raro. No sé dónde termina mi
cuerpo” a escuchar “No entiendo cómo no vinimos antes a ver esto. Es muy bueno”.
Al salir pude ver (ahora con luz) cómo los adolescentes filmaban la salida y hacían
storys para subir a las redes
contando su aventura a oscuras. Los nuevos públicos se encontraron con el
teatro ciego por primera vez y me sentí privilegiada de ser testigo de ese
acontecimiento.
Decidí caminar por el jardín Zelaya porque apenas di unos
pasos por la calle varias chicas con remera del festival me informaron las
actividades que podían disfrutarse allí. Bastaba con que camines unos pocos
metros para que alguien “desinformado” te pregunte qué era lo que estaba
pasando, si las actividades eran pagas o qué más había para ver. Sentí que
había un hambre por el arte y por experimentar. Una sensación que no veía hacía
mucho en este tipo de festivales. Usualmente soy público de festivales y solía
encontrarme con las mismas caras (ojo, esto no significa que no lo haya hecho
en esta ocasión. Solo que las nuevas caras, nuevas generaciones y nueva
diversidad inclusiva me sorprendieron para bien). Gente que vio luz y entró pudo
experimentar teatro, danza, talleres, cine, rock, jazz, dibujo, acrobacias de
la mano de grandes artistas y de manera gratuita lo que no es un dato menor.
Los adolescentes y jóvenes de manera muy orgánica caminaban
disfrutando el arte y preguntándose en voz alta qué será eso que sucedía detrás
de una vidriera. Celulares por doquier registrando lo mágico que el Abasto
brindó. Maravillada por la pluralidad me acerqué a la calle Guarda Vieja donde
un stand de barberías de diseño tenía una fila que doblaba la cuadra, los dos
conteiners de Micro teatro estaban funcionando a pleno, en la equina se podía
divisar un escenario con una banda de rock/cumbia/fusión. Con una sonrisa
empecé a caminar y el desfile Drac abría paso a mi costado. El público
transeúnte de la calle Guarda Vieja frenó su marcha para experimentar la
consigna y el desfile. Seguí un poco más caminando por la calle y encontré una “cabina
de títeres”, chicas que “tatuaban” en henna, recitales de poesía, clases de
percusión y de swing (y corroboré la premisa del instructor. “todos sabemos
bailarlo, solo que algunos tienen más práctica que otros”). Después de haber
recibido pisotones por mi baile me senté a ver una vidriera que para mi
sorpresa tenía a alguien adentro. Performers. Innovadores, fotógrafos, arte en
arena, djs, jazz, rock, burbujas… todo. Nadie quedó afuera. Cerré la noche con
el espectáculo de Air Condition, volando por el aire. Risas, música y arte en
estado puro fueron mis impresiones de la primera tarde noche de la Maratón. Hoy
sucede de nuevo. Las expectativas están más elevadas y la lluvia no va aguar el
festival.
Me llevo como conclusión que desde el respeto, la diversidad
y la inclusión el FIBA supo aggiornarse a los tiempos de cambio que hoy corren
y a la vez mantener su lado más tradicional.





