viernes, 25 de enero de 2019

Maraton Abasto. #12FIBA


Ayer empezó la Maratón Abasto, confieso que fui preparada para ir de una sala teatral a otra pensando que solamente en los espacios cerrados iba a suceder la magia, pero para mi sorpresa el FIBA tiene mucho más que salas.

Ph: Fernanda Blanco
La Maratón sucede entre las 18hs hasta las 2 am o un poquito más. Tenía reservadas entradas para dos obras muy consecutivas (contaba solo con una brecha de 15 min entre cada una). Para mi sorpresa apenas bajé del colectivo podía escuchar la música que venía de la calle Zelaya. Bastó con caminar una cuadra y oír como un vecino le daba indicaciones a otro. “Si vas al evento caminas dos cuadras y vas a ver el escenario, las luces y todo”. Aunque no supieran bien qué es lo que estaba pasando los caminantes frenaban y consultaban sobre qué era “FIBA”. Llegué a la calle Zelaya. Un arco de caños, luces y gráficas del FIBA me indicaron que ya estaba en dominios del festival. La calle convertida en peatonal contaba con mucha seguridad de la policía, personal del festival que informaba sobre las actividades. Lo primero que vi fue a mi izquierda vi un stand donde me dieron el “librito” del FIBA con todas las actividades y el mapa donde se pueden ver qué calles son peatonales y dónde están todos los espacios culturales que forman parte del festival.



La calle Zelaya fue la primera que visité, unos minutos antes de las 19hs caminé con unos niños que se divertían tratando de saltar y con una ramita tocar los inflables en forma de “donas” que están colgados en medio de la calle. Mucha gente joven (en la que me incluyo como millenial) caminando por la calle, jugando con los metegoles, esperando para ver la película que se proyectaba en el escenario a mitad de calle, gente joven por doquier. De repente me vi en un grupo de chicas que caminaba hacia el teatro ciego especulando con el horario y sus reservas. Sucede que si reservas entradas a través de la página del FIBA o por Alternativa Teatral 20 minutos antes de la función tu reserva se cae y las liberan para los que no reservaron. Fui con ellas hasta el teatro ciego escuchando sus conversaciones. “Este es el teatro que está todo oscuro, el que me dijo Coqui”, “Si, el de Instagram. También vi que está Micro Teatro en la otra calle” (hablando de Guarda Vieja). Fui con ellas hasta el teatro. El palier estaba que explotaba de gente, un caballero con la remera de “Teatro Ciego” me preguntó si tenía entrada y que si no podía hacer la fila porque aún había lugar. Llené un papel con mis datos (lo cual repetiría cada vez que entrara a un espectáculo sin haber tenido una reserva previa) y disfrute de un Viaje a Ciegas. Más allá de lo hermoso de una propuesta sensorial diferente que propone este tipo de teatro amé los comentarios de las chicas que me rodeaban. Pase de oír “esto es muy raro. No sé dónde termina mi cuerpo” a escuchar “No entiendo cómo no vinimos antes a ver esto. Es muy bueno”. Al salir pude ver (ahora con luz) cómo los adolescentes filmaban la salida y hacían storys para subir a las redes contando su aventura a oscuras. Los nuevos públicos se encontraron con el teatro ciego por primera vez y me sentí privilegiada de ser testigo de ese acontecimiento.



Decidí caminar por el jardín Zelaya porque apenas di unos pasos por la calle varias chicas con remera del festival me informaron las actividades que podían disfrutarse allí. Bastaba con que camines unos pocos metros para que alguien “desinformado” te pregunte qué era lo que estaba pasando, si las actividades eran pagas o qué más había para ver. Sentí que había un hambre por el arte y por experimentar. Una sensación que no veía hacía mucho en este tipo de festivales. Usualmente soy público de festivales y solía encontrarme con las mismas caras (ojo, esto no significa que no lo haya hecho en esta ocasión. Solo que las nuevas caras, nuevas generaciones y nueva diversidad inclusiva me sorprendieron para bien). Gente que vio luz y entró pudo experimentar teatro, danza, talleres, cine, rock, jazz, dibujo, acrobacias de la mano de grandes artistas y de manera gratuita lo que no es un dato menor.  

Los adolescentes y jóvenes de manera muy orgánica caminaban disfrutando el arte y preguntándose en voz alta qué será eso que sucedía detrás de una vidriera. Celulares por doquier registrando lo mágico que el Abasto brindó. Maravillada por la pluralidad me acerqué a la calle Guarda Vieja donde un stand de barberías de diseño tenía una fila que doblaba la cuadra, los dos conteiners de Micro teatro estaban funcionando a pleno, en la equina se podía divisar un escenario con una banda de rock/cumbia/fusión. Con una sonrisa empecé a caminar y el desfile Drac abría paso a mi costado. El público transeúnte de la calle Guarda Vieja frenó su marcha para experimentar la consigna y el desfile. Seguí un poco más caminando por la calle y encontré una “cabina de títeres”, chicas que “tatuaban” en henna, recitales de poesía, clases de percusión y de swing (y corroboré la premisa del instructor. “todos sabemos bailarlo, solo que algunos tienen más práctica que otros”). Después de haber recibido pisotones por mi baile me senté a ver una vidriera que para mi sorpresa tenía a alguien adentro. Performers. Innovadores, fotógrafos, arte en arena, djs, jazz, rock, burbujas… todo. Nadie quedó afuera. Cerré la noche con el espectáculo de Air Condition, volando por el aire. Risas, música y arte en estado puro fueron mis impresiones de la primera tarde noche de la Maratón. Hoy sucede de nuevo. Las expectativas están más elevadas y la lluvia no va aguar el festival.

Me llevo como conclusión que desde el respeto, la diversidad y la inclusión el FIBA supo aggiornarse a los tiempos de cambio que hoy corren y a la vez mantener su lado más tradicional.


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